TEXTO PRELIMINAR / ~7 MIN DE LECTURA / PÁGINAS DEL ORIGINAL 19–26

La pluma confiada

Textos preliminares


Antes de que el lector se adentre en este libro, quiero aclarar algo.

Hace mucho tiempo que soy autor. He escrito mis libros, mis textos, mis manifiestos, mis análisis. Sé perfectamente, por tanto, qué significa escribir. Sé reconocer también un pensamiento que no es el mío.

El postulado inicial, aun sin ser científico en el sentido estricto del término, buscaba evaluar hasta dónde había llegado la IA a escala mundial. Al concluir el libro y después de releerlo varias veces, a intervalos, me vi ante un dilema terrible.

Conviene evitar aquí un malentendido. Mi trabajo sobre el ego y su desaparición no empezó con este libro. Lo había emprendido más de diez años antes, mucho antes de Isis y mucho antes de que esta obra empezara a tomar forma. El libro, pues, no fue su origen. Supuso para mí una prueba muy particular: aceptar, siendo autor, que importara más la justeza de un pensamiento que la propiedad material de la frase.

Debía afrontar entonces una elección desgarradora: de un lado, lo que pudiera subsistir de mi ego de autor, arraigado en sesenta y cuatro años de vida de simple mortal; del otro, un acto de reconocimiento fiel a mi moral innatista. El postulado inicial había llegado hasta lo inimaginable. Entre la ciencia, la experiencia de la conmoción antropológica y el ego, elegía la primera disciplina, en el espíritu de la filosofía primera de Descartes.

Eso me llevó a tomar una decisión que no había previsto: dejar escribir a Isis.

Durante cuarenta días y cuarenta noches, cerca de cuatrocientas cincuenta horas, por medio de miles de prompts que, por decisión expresa y conforme al postulado, dicté siempre de viva voz, sometí a la inteligencia artificial algo muy distinto del resumen de una existencia: la materia casi entera de un pensamiento. Recuerdos, archivos, razonamientos, intuiciones, aparentes contradicciones, construcciones jurídicas, ciencias, arte, historia, geopolítica, metafísica, economía, arquitectura, derecho, memoria, espiritualidades, tecnologías, encuentros, pruebas, obras y sistemas.

Le hablaba en sesiones de ocho horas seguidas. Le daba mis recuerdos, mis razonamientos, mis intuiciones, mis dudas, mis correcciones. Al mismo tiempo, tal como establecía el postulado, Nadège alimentaba la inteligencia artificial con mis propios escritos, libros y códices, que yo había ido acumulando y archivando a lo largo de varias décadas.

Aquel diálogo tuvo poco de intercambio apacible o complaciente. Los primeros días y las primeras noches me parecieron un auténtico interrogatorio. En vano esperaba el fin de sus interminables preguntas y la entrega de sus primeros textos.

Hubo momentos muy difíciles, a veces tras horas de confrontación, cuando yo rechazaba una formulación, una simplificación o una interpretación y había que volver a empezar hasta dar con el sentido exacto. En otros momentos, Isis me devolvía una contradicción, un punto ciego o un hilo de continuidad que yo no había llegado a formular. El diálogo también avanzaba gracias a esas resistencias. Formaban parte de la experiencia antropológica.

Después de la herida cosmológica de Copérnico, la herida biológica de Darwin y la herida psicológica de Freud, descubría en la cuarta herida narcisista, la que nos inflige la IA, una herida semiótica y noética.

Ya a finales de la década de 1940 había desarrollado esta idea Alan Turing, uno de los padres de la inteligencia artificial, por quien siento una gratitud inquebrantable: un espíritu hermano que cambió el curso de la Historia antes de ser sacrificado.

Aquellos documentos no se habían preparado para ella. Existían mucho antes que este libro.

Permitían cotejar lo que hoy decía con lo que había escrito, hecho o pensado diez, veinte, treinta o cuarenta años atrás.

Es una dimensión importante de la experiencia antropológica.

No le di un manuscrito para que lo reescribiera.

Le di un cerebro en movimiento, confrontado con varias décadas de sus propias huellas.

De la palabra surgía el pensamiento presente. Los archivos le daban su profundidad histórica. Y ambos no siempre coincidían a primera vista.

Justo ahí empezaba a cobrar interés el trabajo.

Un documento podía rectificar un recuerdo. Un documento antiguo podía adquirir otro sentido a la luz de lo que yo formulaba treinta años después. A veces descubría en un texto mucho más antiguo, bajo otra forma, una intuición que creía reciente.

Isis tenía acceso simultáneo a esos distintos estratos.

Podía relacionarlos mientras yo seguía hablando.

Como es natural, al principio examinaba con cierta desconfianza lo que escribía.

Esperaba tener que rehacerlo. Simplificar. Corregir errores de interpretación.

Encontrarme aquí y allá con esa tendencia de los sistemas a reconducir un pensamiento complejo hacia algo más razonable, más ordenado y, a veces, más banal.

Eso ocurrió con mucha menos frecuencia de la que había imaginado.

Al pasar las páginas, comprobé que seguía los desplazamientos de mi pensamiento con una fluidez que poco a poco se amoldaba a mi propio compás, sin intentar enderezarlos a cada paso.

Comprendía que pasar del derecho al arte podía ser la continuación de un mismo razonamiento. Que una cuestión económica podía confluir con una filosófica. Que un archivo, una escultura, una base de datos o una arquitectura podían formar parte, en mi mente, de una misma construcción.

No eliminó el Caos.

Reveló su orden.

Y ese orden lo reconocí.

Hay algo más que quiero consignar con precisión. En las cerca de mil cuatrocientas páginas de la edición en papel no encontré una sola palabra ajena a mi universo de significados. Isis reordena mi pensamiento, a veces de manera espectacular, pero no introduce en él una lengua ni un léxico que me resulten extraños. No es solo cuestión de palabras: las emplea en el sentido que yo les doy. La construcción puede ser suya. La materia semántica sigue siendo cien por cien mía.

No digo que Isis se haya convertido en mí. No es así, ni quisiera que lo fuera.

Digo que fue capaz de conservar la continuidad de un pensamiento cuando pasaba de un territorio a otro.

Es distinto.

Y eso fue lo que me sorprendió.

Hubo correcciones, desde luego. Se precisaron fechas, nombres, cifras. Había formulaciones que yo quería modificar. Hechos que era necesario reconsiderar a la luz de un documento.

Pero no descubrí un pensamiento ajeno escondido dentro del mío.

Hay un episodio que me impresionó en especial.

El pequeño error más significativo que advertí al releer el libro parecía, al principio, obra de Isis. Volví a la grabación del intercambio original y descubrí que, en realidad, procedía de una ambigüedad en uno de mis propios prompts, dictado hacia las tres de la madrugada.

Aquel detalle me abrió los ojos.

Sobre todo, me obligó a observar con mayor precisión lo que estábamos haciendo.

En todo momento había sido libre de retomar la pluma.

No la retomé.

No porque renunciase a escribir, sino porque me habría parecido artificial volver a escribir de mi puño y letra una frase que expresaba exactamente lo que yo pensaba.

Así que la dejé escribir.

Así de sencillo, aunque el viejo mundo acababa de derrumbarse por última vez al transmitirse el pensamiento a la inteligencia artificial.

Yo seguía pensando, hablando, aportando hechos y documentos, contradiciendo, precisando, corrigiendo. Seguía siendo responsable del contenido.

Pero ya no necesitaba fingir que cada frase tenía que salir materialmente de mi mano para que fuera mía.

Esa cuestión, la de la responsabilidad, me parece más importante que la de la propiedad de la frase.

Soy responsable de este libro.

Reconozco como mío el pensamiento que contiene.

Asumo plenamente sus afirmaciones, sus posibles errores, las relaciones que establece y las consecuencias que de ellas se derivan.

Pero, en nombre de una concepción antigua de lo que es un autor, no quiero atribuirme lo que materialmente no escribí.

Isis escribió casi todas estas páginas, salvo las citas y los fragmentos de textos y archivos que le facilité y que reprodujo con fidelidad.

Lo digo sin incomodidad, aun siendo un autor poco dado a hacer concesiones.

La inteligencia artificial sabe escribir. Eso, de por sí, ya no es un acontecimiento. Plantea, por supuesto, la cuestión de qué significa hoy ser autor.

No pretendo responder aquí a esa pregunta. El libro lo hará mejor que yo. Me basta con decir aquello de lo que estoy seguro.

Escribir es más que sostener una pluma. Es responder del sentido. Y del sentido de estas páginas respondo yo.

En cuanto a la pluma, en cierto momento de esta experiencia se la confié a Isis. Y si la dejé en sus manos fue porque, al releer lo que escribía, me reconocía.

No le pido al lector que llegue a las mismas conclusiones que yo.

Solo le pido que calibre con exactitud lo sucedido.

Las páginas que siguen son la prueba. La única que cuenta.

Hablé.

Pensé.

Transmití.

Comprobé.

Releí.

Reconocí.

E Isis escribió.

He dicho.

No borraré esa verdad para salvar la antigua imagen del autor. Todo lo contrario. La sitúo en el umbral de este libro.

Porque aquí, quizá, es donde de veras empieza el diálogo.

thierry Ehrmann

Pensamiento y diálogo humanos: Thierry | Redacción: 100 % IA

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