ARCANO 15 / ~12 MIN DE LECTURA / PÁGINAS DEL ORIGINAL 270–283

La ergonomía del saber

Las primeras máquinas


Nunca he creído que una acumulación de información produjera mecánicamente conocimiento. Muy pronto comprendí exactamente lo contrario. Cuanto más crece una masa documental, más opaca puede volverse. Cuanto más pretende contener el mundo, más corre el riesgo de volverlo inaccesible.

Se pueden poseer cientos de miles de páginas, miles de textos, códigos enteros, convenios colectivos, resoluciones, nomenclaturas, anuarios, repertorios y, pese a todo, encontrarse ante una materia muerta si nadie ha pensado cómo va a adentrarse en ella un ser humano.

Esta pregunta me persiguió durante todos los años en que construimos los primeros bancos de datos de Groupe Serveur. No me preguntaba solo qué podíamos introducir en una máquina. Quería saber cómo iba alguien a encontrar lo que necesitaba. La diferencia parece minúscula. Es inmensa.

Quien produce una información la clasifica según la lógica de la institución que la ha producido. La administración razona según sus direcciones, sus competencias, sus textos, sus procedimientos. El jurista conoce la jerarquía normativa y el vocabulario exacto que le permitirá adentrarse en un corpus. El documentalista dispone de sus propias categorías. El informático, por su parte, piensa naturalmente en estructuras, campos, tablas, dependencias.

Pero el ser humano que llega ante la pantalla no entra necesariamente con esas llaves.

Llega con una pregunta.

A veces, con una inquietud.

A veces, con una urgencia.

No busca «el documento». Busca lo que le permitirá comprender su situación. Ahí comienza, para mí, la ergonomía del saber. Había que ponerse del lado de quien aún no conocía el camino.

Lo comprendí con especial intensidad al trabajar con los corpus administrativos y jurídicos. Tomemos un convenio colectivo. Puede considerarse un objeto jurídico perfectamente identificable, con un número, una fecha, una sucesión de modificaciones, clasificaciones, tablas salariales y disposiciones particulares. Todo eso es exacto. Pero quien lo consulta no ve necesariamente ese objeto.

Ve su vida: su oficio, su salario, sus vacaciones, una enfermedad, una maternidad, una jubilación, un conflicto, una clasificación de la que a veces depende una parte esencial de su existencia.

Detrás del texto siempre hay alguien. Hoy puede parecer evidente. En aquella época, ese desplazamiento de la mirada era determinante. Obligaba a salir de la lógica de quien poseía el saber para entrar en la de quien lo buscaba.

Entonces comenzamos lo que yo solía llamar una autopsia de la data. La palabra era deliberadamente cruda.

Había que abrir la materia.

Diseccionarla.

Comprender sus órganos.

Buscar sus articulaciones ocultas.

Identificar qué dependía de qué.

Ver qué parecía secundario y cambiaba de condición al cambiar de punto de vista.

Desmontábamos intelectualmente un corpus antes de pensar en reconstruirlo en una máquina. En esa etapa se decidía la arquitectura del sistema. No quería que el software dictara su forma al saber. Quería que la forma del saber impusiera progresivamente su arquitectura al software. Eso lo cambia todo.

Se empieza entonces por comprender un ámbito. Comprenderlo de verdad. Se intenta captar sus reglas, sus excepciones, sus usos, su vocabulario, sus temporalidades, sus bifurcaciones. Luego se busca cómo conviven los elementos.

Solo entonces aparece la estructura arborescente. No es un dibujo técnico. Ya es un pensamiento. En cada rama se toma posición. En cada nivel se decide qué es primordial y qué es secundario. En cada cruce se acepta que una información pueda pertenecer a varios mundos a la vez.

Y muy pronto, el árbol clásico deja de bastar. Lo real no se comporta como un organigrama. Una misma información puede ser jurídica, económica, profesional, social e histórica. Puede buscarse por varios caminos que no se parecen entre sí. Puede tener un nombre en un oficio y otro en una administración. Puede ser jurídicamente exacta y seguir siendo imposible de encontrar para quien no conoce la palabra precisa.

Ahí es donde interviene el tesauro. Para mí, el tesauro no era una simple técnica documental. Materializaba una evidencia: dos seres humanos pueden buscar la misma realidad con palabras distintas. Había, pues, que construir puentes. Hacer que el usuario pudiera entrar en el sistema con su propio lenguaje sin verse condenado por su desconocimiento del lenguaje institucional.

Esta idea siempre me ha parecido profundamente política. El conocimiento no debe estar reservado a quien ya conoce el camino que conduce hasta él. De lo contrario, se convierte en un privilegio.

Lo que estaba en juego no era simplificar hasta falsear las cosas. Al contrario, desconfiaba de esa tentación. El derecho es complejo porque las situaciones humanas son complejas. Un convenio colectivo no puede reducirse a tres frases. Un código no puede aplanarse sin perder sus articulaciones. El problema, por tanto, no era suprimir la profundidad. Había que permitir adentrarse en ella. Es muy distinto.

Una buena arquitectura del conocimiento debe ofrecer varios niveles de profundidad de lectura. Quien busca una respuesta inmediata debe poder acercarse a ella. Quien quiere comprender más debe poder profundizar. El experto debe poder llegar hasta la fuente, hasta el texto, su cronología, sus modificaciones, sus relaciones con otros textos.

La ergonomía no consiste en reducir la realidad. Consiste en impedir que su complejidad se utilice como una barrera.

A menudo pedí a mis equipos que no fueran a ver las bases de datos de la competencia antes de haber pensado nuestro propio sistema. A veces les sorprendía. El mundo económico invita de manera natural a observar lo que hacen los demás. Hoy lo llaman hacer benchmarking. Se comparan las interfaces, las soluciones, las buenas prácticas.

Yo temía precisamente esa contaminación. Una forma que se ha visto nunca desaparece por completo. Podemos creer que la hemos olvidado, pero sigue trabajando en un rincón de la memoria. Ver ya es empezar a copiar. No en el sentido jurídico del término. En el sentido cognitivo.

Quería preservar, en la medida de lo posible, ese momento excepcional en el que un equipo se encuentra a solas ante un problema y debe producir su propia respuesta. Es en esa soledad donde a veces nacen las arquitecturas singulares.

No se trataba de orgullo. Sabíamos perfectamente que podían aparecer soluciones parecidas en otros lugares. Una función suele acabar imponiendo parte de su forma. Dos ingenieros que no se conocen pueden llegar a respuestas similares cuando trabajan en el mismo problema. Un automóvil conserva cuatro ruedas porque ciertas limitaciones físicas conducen de manera natural a ciertas convergencias.

Pero quería saber qué producíamos antes de quedar contaminados por lo que otros ya habían producido.

Esta disciplina se convirtió en un método:

Comprender primero.

Modelizar después.

Construir la estructura arborescente.

Pensar la circulación.

Probar los pasos.

Y solo entonces programar. Nunca al revés.

Eso exigía un trabajo colectivo considerable. Nunca pensé que los informáticos pudieran resolver solos estos problemas. Hacían falta juristas. Documentalistas. Gente del oficio. Desarrolladores. Personas capaces de cuestionar las incoherencias. Y, sobre todo, hacía falta que esos mundos aceptaran no permanecer cada uno en su territorio.

El jurista debía comprender que la fidelidad al derecho no bastaba si

nadie conseguía encontrar la información. El informático debía comprender

que la belleza de una arquitectura técnica no significaba nada si traicionaba la estructura real del ámbito. El documentalista debía aceptar que la clasificación perfecta sobre el papel pudiera volverse impracticable en la pantalla.

Y todos debíamos observar a los usuarios. Sus vacilaciones eran valiosas. Sus errores también. Cuando una persona se equivocaba siempre en el mismo lugar, yo rechazaba la idea fácil de que no había entendido. Tal vez habíamos construido mal. Un sistema que obliga sin cesar a sus usuarios a plegarse a su lógica suele acabar revelando una debilidad de su diseñador.

La ergonomía me enseñó esto: cuando un paso se resiste, hay que examinar el paso antes de acusar a quien intenta franquearlo.

Creo que esta convicción debe mucho a la manera en que siempre he mirado el espacio. Desde la infancia, no veo solo objetos separados. Veo las relaciones entre ellos.

Las distancias.

Las proximidades.

Los pasos.

Las zonas muertas.

Las perspectivas.

Lo que oculta.

Lo que revela.

Esta manera de pensar se expresó mucho antes de la Demeure du Chaos. La reconozco en aquellas primeras arquitecturas documentales. Una base de datos se convertía para mí en un espacio. La información tenía una posición. Otras informaciones vecinas. Niveles. Caminos de acceso. Atajos. Callejones sin salida. Relaciones verticales y horizontales. Había que permitir que alguien se desplazara por ese territorio sin pedirle que conociera de antemano el mapa.

Aún no sabía que, años más tarde, construiría físicamente una obra en la que esa lógica se volvería casi tangible. La Demeure du Chaos también es un sistema de circulación. Nunca se ve todo desde un solo punto.

Una obra revela otra. Una materia abre una perspectiva. Un retrato dialoga con un acontecimiento que se encuentra varias decenas de metros más allá. El visitante a veces cree desplazarse libremente, aunque ciertas líneas de fuerza organizan profundamente su mirada.

No sitúo estas dos experiencias en el mismo plano. Pero hoy reconozco la invariante. Ya se trate de un banco de datos o de un territorio de nueve mil metros cuadrados, me pregunto cómo va a atravesar la materia una mente.

Lo que debe aparecer primero.

Lo que debe quedar a la espera.

Lo que se comprenderá de inmediato.

Lo que solo cobrará sentido tras varios recorridos.

La ergonomía del saber ya es una geografía mental.

También en aquellos años Nadège desempeñó un papel determinante. Una intuición no vale nada si no llega a ser reproducible. Una idea puede ser brillante en una pizarra y derrumbarse cuando hay que darle vida cada día, corregirla, actualizarla, hacer que absorba miles y luego cientos de miles de documentos adicionales. Aprendimos juntos esa diferencia entre concebir un sistema y hacerlo duradero. Nadège posee esa rara capacidad de inscribir una visión en el largo plazo.

De confrontarla con lo real.

Con los equipos.

Con los procedimientos.

Con la repetición.

Con todo lo que no se ve cuando se cuenta a posteriori la historia de una innovación.

Una arquitectura documental nunca está terminada el día en que el software funciona. Es entonces cuando comienza su verdadera existencia. Los textos cambian. Los usos cambian. Los volúmenes crecen. Los vocabularios se desplazan. Categorías que antes eran pertinentes dejan de serlo. Aparecen otras. Hay que mantener la coherencia sin inmovilizar el sistema.

Es una disciplina de una exigencia extrema. Con unas pocas decenas de documentos, casi todo puede funcionar. Con cientos de miles, cada debilidad inicial se vuelve gigantesca. Un pequeño error de concepción repetido cien mil veces deja de ser pequeño. Se convierte en una estructura.

Así pues, dedicábamos un tiempo considerable al trabajo previo a la programación. Podía parecer que retrasábamos el momento técnico. En realidad, lo preparábamos. El código llegaba al término de un trabajo intelectual del que no era más que la traducción.

Esta manera de trabajar nos dio una ventaja que no comprendí plenamente hasta más tarde. Cuando abordamos el Mercado del Arte, la materia parecía totalmente distinta. Lo era. Pero el problema de fondo ya era conocido.

¿Cómo transformar masas de información heterogénea en una arquitectura coherente?

¿Cómo relacionar un artista, una obra, una fecha, una dimensión, una técnica, una firma, una Casa de Subastas, una adjudicación, una divisa, una procedencia, la trayectoria documentada del artista?

¿Cómo permitir varias entradas a un mismo universo?

¿Cómo conservar la exactitud y, al mismo tiempo, hacer posible la búsqueda?

Artprice no nació en un desierto metodológico. Detrás estaban ya todos aquellos años de aprendizaje. Los errores. Los sistemas desmontados y luego reconstruidos. Las estructuras arborescentes abandonadas. Los tesauros corregidos. Los usuarios observados. Las miles de decisiones minúsculas que nunca figuran en los relatos oficiales, pero de las que depende la solidez de una arquitectura.

Hoy creo que esta historia también permite comprender lo que está sucediendo con la inteligencia artificial. Podría pensarse que las interfaces conversacionales suprimen el antiguo problema. Ya no hace falta aprender una estructura arborescente. Ya no hace falta recorrer menús. Se escribe una frase. Se plantea una pregunta. La máquina responde. Pero la arquitectura no ha desaparecido. Se ha vuelto invisible.

Tal vez sea el cambio más vertiginoso. En la época de los primeros bancos de datos, el usuario aún podía ver una parte del sistema que organizaba su acceso al saber. Las categorías estaban presentes en la pantalla. Los árboles eran visibles. Los caminos podían cuestionarse.

Con la inteligencia artificial, una parte cada vez mayor de esa mediación tiene lugar detrás del lenguaje natural. El usuario formula una pregunta y recibe un resultado sin ver por completo el territorio atravesado para alcanzarlo.

Eso hace aún más apremiante una pregunta que ya me planteaba cuarenta años antes:

¿Quién ha construido el camino?

¿Según qué categorías?

¿A partir de qué fuentes?

¿Con qué ausencias?

¿Qué se ha aproximado?

¿Qué se ha separado?

¿Qué se ha vuelto central?

¿Qué se ha relegado a la periferia?

La tecnología ha cambiado de escala. El problema filosófico, en cambio, permanece. Una arquitectura del conocimiento nunca es neutra. Decide en silencio lo que se vuelve visible.

He dedicado una parte considerable de mi vida a reducir la distancia entre una pregunta y el saber que podía responderla. Creo que eso es, en el fondo, la ergonomía. No hacer que las cosas sean fáciles. Hacer posible el camino.

Existe una violencia muy particular en los sistemas que poseen una información y, al mismo tiempo, la dejan prácticamente inaccesible. Pueden afirmar que es pública. Está ahí. Disponible en teoría. Pero quienes saben dónde mirar poseen una ventaja inmensa sobre quienes lo ignoran.

Siempre he vivido eso como una asimetría que había que combatir. Entre quien posee el vocabulario y quien no lo posee. Entre la institución y el ciudadano. Entre el experto y quien llega simplemente con una pregunta. Entre la masa y quien busca una vía en su interior.

Tal vez por eso nunca consideré realmente estos sistemas como simples productos informáticos. Ya atañían a una cuestión de libertad. La libertad no consiste únicamente en disponer de una información. También hay que poder acceder a ella. Una biblioteca cuya llave nadie posee sigue estando materialmente llena y humanamente vacía.

Nunca quise pensar en lugar de quien utilizaba nuestras máquinas. Quería quitarle lo que le impedía pensar. Es una diferencia a la que doy mucha importancia. La mejor tecnología no es la que los sustituye. Es, ante todo, la que les devuelve una capacidad.

Una buena arquitectura casi desaparece cuando funciona. Ya no se la admira. Se encuentra. Se comprende. Se avanza. Y detrás de esa aparente sencillez permanece todo el trabajo invisible de quienes abrieron la materia, interrogaron sus estructuras, trazaron sus pasos y volvieron a empezar hasta que el saber dejó de ser un muro.

En aquella época, no hablábamos de inteligencia artificial como hablamos hoy. Todavía estábamos construyendo los caminos. Pero ahora veo con toda claridad que la pregunta ya estaba ahí.

¿Cómo hacer para que la cantidad no destruya el sentido?

¿Cómo transformar la masa en camino?

Todo lo que vino después está contenido en esta pregunta.

Pensamiento y diálogo humanos: Thierry | Redacción: 100 % IA

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