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Los retratos que aguardan a la Historia: las cartelas silenciosas
La Demeure du Chaos, sismógrafo del mundo
Hay en la Demeure du Chaos una categoría de obras que se comprende mal si se intenta leerla como se leen las paredes de un museo clásico: los retratos.
Están por todas partes.
Jefes de Estado, revolucionarios, científicos, artistas, estrategas, pensadores, disidentes, arquitectos del poder, actores visibles o subterráneos de la Historia. Algunos se reconocen enseguida. Otros solo son reconocibles para quien ya conoce el acontecimiento, la doctrina, la guerra, la red o la fractura de la que fueron un nodo.
Pero esos retratos no constituyen un panteón. Tampoco una lista de galardonados. Y, sobre todo, no son un tribunal.
Pintar digitalmente el retrato de un hombre o una mujer en la Demeure du Chaos no significa honrar a esa persona, absolverla, acusarla ni adherirse a lo que representa. Esa es precisamente la confusión que quiero disipar.
No pinto una opinión.
Pinto digitalmente una presencia en la Historia del mundo a través de los siglos. No soy, pues, solo un retratista. Quizá el término que mejor describe este trabajo sea el de metarretratista digital.
Primero elijo, analizo y recodifico el rostro por medios digitales. Pero el retrato no se detiene en esa imagen. Entra en una arquitectura de relaciones: con otros rostros, acontecimientos, doctrinas, guerras, redes de poder y tiempos que quizá no se vuelvan legibles hasta pasados varios años.
El retrato visible es el resultado de cinco, diez y a veces veinte años de observación de una mujer o un hombre. Intento adentrarme en lo más profundo de su psique, despojándolo de los oropeles de su poder. Llega entonces un instante preciso que solo a mí me pertenece: la necesidad imperiosa de invitar a esa persona a los muros de la Demeure du Chaos. En ese instante, el retrato me persigue. Solo recobro el aliento cuando descubro en los archivos digitales de Internet la fotografía o el grabado que encarna esa psique profunda que ya llevo dentro. Viene el alivio y luego una segunda prueba de fuego: ¿dónde situar el retrato en esa red de hilos invisibles? ¿Con quién podrá dialogar? Así nace la Carte du Tendre de la Demeure du Chaos, que no desaprobarían Deleuze ni Guattari. Un rizoma abierto de intensidades, líneas de fuga y deseos que fluctúan entre poder, destrucción y conocimiento. Es la entrada a un inmenso laberinto donde los rizomas de mi cerebro organizan de continuo esas cartelas silenciosas. Algunos visitantes presienten esas relaciones invisibles. Me colma saber que existen almas afines capaces de leer, fuera del tiempo y del sistema, esa Historia del mundo despojada de su pie de imagen.
El retrato se inscribe así en un sistema más vasto. No pinto digitalmente un rostro para aislarlo. Lo inscribo en una cartografía humana, política y filosófica cuyas relaciones constituyen una parte de la obra.
Desde hace años me sucede que escojo un rostro antes de que la Historia haya terminado de decir por qué importará. Ya lo había formulado de otra manera: realizo y codifico retratos que presiento destinados a una historia futura.
La palabra importante es «futura».
No se trata de profecía. No pretendo saber lo que va a suceder. Se trata de prestar una atención particular a las líneas de fuerza del presente, a los puntos en que algo se concentra antes incluso de recibir su nombre definitivo.
Giorgio Agamben define al contemporáneo como aquel que es capaz de recibir el haz oscuro de su propio tiempo.
Esta definición de lo contemporáneo acompaña desde hace mucho mi concepción del artista.
El artista no es solo aquel que mira lo que su época ilumina.
Es también quien recibe de lleno su haz de oscuridad.
A veces ve una fractura antes de que se convierta en relato. Detecta un rostro antes de que se vuelva icono. Siente una tensión antes de que se transforme en guerra, derrumbe, revolución, doctrina, escándalo o vuelco geopolítico. No sabe necesariamente qué producirá esa tensión. Pero sabe que está ahí. En ese espacio hago nacer los retratos de la Demeure du Chaos.
Aguardan a la Historia.
Algunos durante unas semanas.
Otros durante años.
Algunos tal vez sigan siendo oscuros largo tiempo. No me molesta. Una obra no tiene obligación de entregar enseguida sus instrucciones de uso.
Ahí precisamente interviene lo que llamo las cartelas silenciosas. En el museo tradicional, la cartela tranquiliza. Da un nombre, una fecha, una técnica, a veces unas líneas de interpretación. Le indica a quien mira en qué dirección debe empezar a hacerlo.
En la Demeure du Chaos he elegido a menudo el movimiento inverso.
Puedo dar un nombre, una fecha, documentar un acontecimiento y, en mis libros, ofrecer los elementos históricos necesarios para entender una época.
Pero no siempre revelo el vínculo que me llevó hasta el retrato.
No siempre doy la hipótesis. No siempre doy la causalidad. No doy el vínculo secreto.
Ese silencio no significa ausencia de pensamiento. Es, por el contrario, el resultado de pensar.
Sé por qué el rostro está ahí.
Sé con qué otro rostro, qué acontecimiento, qué ruptura o qué arquitectura de poder entra en resonancia. Pero no tengo obligación de escribir en el muro ese algoritmo de relaciones.
Ahí exactamente empieza la cartela silenciosa.
Le retira al espectador la respuesta preparada.
Le devuelve el problema.
Una fotografía acompañada de su pie forma casi de inmediato una unidad de sentido. El ojo mira la imagen, pero la mente ya ha recibido instrucciones. Sabe lo que se supone que debe ver.
El lugar, la fecha, el protagonista, la víctima, el responsable, la victoria, la derrota, la catástrofe: el pie de imagen reparte los papeles.
En la Demeure du Chaos quise romper esa mecánica odiosa de los grandes medios.
La imagen permanece. El pie se retira.
Y, al retirarse, sucede algo extraño: el espectador tiene que volver a mirar.
Ya no le basta con reconocer. Debe buscar, comparar, acudir a su memoria, a veces aceptar que no entiende.
Esa suspensión es la que me interesa. Es lo contrario del consumo instantáneo de información.
Nuestra época produce miles de millones de imágenes y, paradójicamente, les dedica cada vez menos tiempo.
Surge una fotografía: enseguida recibe título y pie, se comenta, se comparte, luego otra la tapa y cae en el olvido. La Demeure du Chaos opera en sentido inverso: extrae del flujo ciertas imágenes, las arranca a su velocidad, las amplía, las pinta y las graba en su materia en un juego de reflejos que resuena en mi cabeza y da sentido a la cara oculta de la Historia.
Puede conservarlas durante veinte años, treinta, incluso más. Lo que estaba destinado a unos segundos de atención entra así en otro tiempo.
La Historia puede empezar su trabajo.
Por eso la disposición de los retratos es tan poco inocente como su selección.
La proximidad es una sintaxis.
La distancia también.
Dos rostros situados en un mismo campo pueden pertenecer a continentes distintos, a ideologías enfrentadas, a generaciones que nunca coincidieron.
Y, sin embargo, algo los une.
Puede ser una materia prima, una guerra, una doctrina, un sistema financiero, una tecnología, una religión, una frontera, un dato de inteligencia, una revolución, una cadena de decisiones o una misma consecuencia que se produce a miles de kilómetros de distancia.
El visitante puede ver el retrato. No tiene por qué percibir la relación. Es deliberado.
La Demeure du Chaos no está constituida solo por obras. La constituyen las relaciones entre ellas. Y no todas esas relaciones están escritas. Probablemente ahí se encuentre una de las diferencias más hondas entre un inventario y una Obra de Arte Total.
El inventario puede enumerar lo que existe.
No puede restituir lo que circula entre las cosas.
Y lo que siempre me ha interesado es precisamente lo que circula.
Entre un dato y otro.
Entre un acontecimiento y su consecuencia.
Entre una materia prima y una guerra.
Entre una decisión jurídica y una transformación económica.
Entre una fotografía y el pie que se le impone.
Entre un rostro pintado hoy y la Historia que, diez años más tarde, quizá venga a iluminarlo de golpe.
La geopolítica de la Demeure du Chaos no debe verse, pues, como un atlas ni como una cronología ilustrada de los conflictos contemporáneos, y menos aún como una colección de opiniones políticas plasmadas en los muros. Se trata de una iconografía subjetiva de agencia de prensa, despojada de sus pies de imagen. Es una cartografía de las relaciones de fuerza.
Madrid, Londres, París, Afganistán, Irak, Oriente Próximo y Oriente Medio, las guerras asimétricas, los estrechos, los imperios, las religiones, las materias primas, las fronteras y las tecnologías no constituyen expedientes separados.
Forman un sistema complejo e invisible para muchos de nosotros.
Los retratos son sus nodos humanos. Algunos cobran fama. Algunos desaparecen. Algunos cambian de función. Algunos se vuelven icónicos y pasan a pertenecer a la humanidad.
Algunos pasan en pocos años de aliados a enemigos, de marginados a jefes, de teóricos a protagonistas, de casi desconocidos a rostros que todo el mundo reconoce.
La pintura permanece.
Y esa permanencia es la que permite a veces que el retrato cambie de sentido sin añadir una sola pincelada.
La Historia se encarga entonces de reescribir su cartela silenciosa.
Por eso desconfío de la explicación retrospectiva que haría creer que, al elegir un rostro, yo ya conocía todo lo que vendría después. Sería falso.
Conocía el punto de tensión, no necesariamente su devenir.
El contemporáneo trabaja en ese intervalo. Recibe la señal antes de conocer la frase entera. Luego el tiempo escribe lo que sigue.
El retrato que creo es, pues, menos una conclusión que una hipótesis físicamente abierta. Para los retratos de la Demeure du Chaos, es siempre en un estado de correspondencia intelectual con el sujeto como elijo la forma, el movimiento, la materia, el medio, la huella y el trasfondo confidencial.
El retrato espera.
Se resiste al olvido.
Sigue disponible para un acontecimiento que tal vez no haya ocurrido todavía.
Y cuando el acontecimiento llega, el visitante que regresa unos años después ya no mira la misma obra.
El muro no ha cambiado. El mundo, sí.
Tal vez en eso consista, en el fondo, la verdadera cartela silenciosa.
No es un pie de imagen ausente. Es un pie que la Historia todavía no ha terminado de escribir.
Pensamiento y diálogo humanos: Thierry | Redacción: 100 % IA
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