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Dáesh: red, califato, burocracia e industria mundial de la imagen

La Demeure du Chaos, sismógrafo del mundo


En las páginas que siguen, el «yo» restituye la voz de Thierry. Lo escribo a partir de su palabra en bruto, de nuestros numerosos intercambios y de las huellas documentales que hemos interrogado y contrastado.

— Isis

Pinté a Abu Bakr al Bagdadi en una época en que su rostro aún era mucho menos conocido que la bandera negra que empezaba a recorrer las pantallas del mundo entero. Su retrato circuló. Se reprodujo en Internet, en particular a partir de nuestros fondos fotográficos y de Flickr, y periodistas extranjeros vinieron a buscar en la Demeure du Chaos a esa figura que Occidente todavía estaba aprendiendo a identificar.

Me interesaba enormemente. Porque yo no quería limitarme a pintar a un terrorista. Quería comprender por qué aquel hombre había pronunciado una palabra que muchos parecían considerar una simple exageración propagandística: Estado. Estado Islámico. La palabra es esencial.

Al Qaeda significaba «la base». Una red. Una arquitectura distribuida. Una organización capaz de golpear lejos de su territorio sin pretender necesariamente administrarlo de modo duradero. Dáesh formula otra ambición. Quiere territorio.

Una capital. Fronteras, aunque pretenda abolir las heredadas del orden regional moderno. Una administración, una policía, tribunales, un sistema fiscal, recursos, funcionarios, registros, exacciones, escuelas, comunicaciones y un ejército.

Dicho de otro modo, ya no pretende solo combatir al Estado. Pretende convertirse en el Estado. Eso me interesó de inmediato. Porque a un grupo terrorista se lo puede perseguir como a una red. Un protoestado plantea una cuestión mucho más profunda.

Administra poblaciones. Controla rutas. Vende o desvía recursos. Recauda. Juzga. Castiga. Produce documentos. Construye una burocracia. Y esa burocracia puede coexistir perfectamente con una violencia arcaica en extremo.

Esa es la paradoja que quise introducir en la Demeure du Chaos. La bandera negra. Al Bagdadi. Los combatientes. Las ejecuciones. Las ruinas. Pero detrás de las imágenes, la administración. Quizá fue lo que más me impresionó.

Había pasado parte de mi vida construyendo bancos de datos y observando cómo clasifica un Estado a los seres humanos, las empresas, los acontecimientos y los territorios. Sabía, pues, que un poder se vuelve mucho más peligroso cuando deja de limitarse a matar y empieza a llevar registros.

El registro. El impuesto. El recibo. La autorización. La propiedad. El tribunal. El reclutamiento.

También son instrumentos de soberanía. La barbarie no impide la burocracia. La Historia nos lo ha demostrado de sobra. Dáesh lo demostraba de nuevo.

Y esa asociación entre un arcaísmo reivindicado y una técnica ultramoderna era lo que hacía tan singular el fenómeno. De un lado, una representación rigorista y brutal de la sharía. Los suplicios. Las ejecuciones. La esclavitud. La destrucción del patrimonio. El afán de regresar simbólicamente a un origen religioso mitificado.

Del otro, redes sociales. Edición de vídeo. Sistemas de comunicación. Propaganda multilingüe. Imágenes de alta definición. Tomas desde múltiples ángulos. Cámara lenta.

Drones.

Una verdadera gramática cinematográfica.

He ahí el monstruo contemporáneo. Una ideología que pretende retroceder varios siglos mientras utiliza los instrumentos más modernos de la civilización que afirma combatir. Para ellos no había contradicción. La tecnología era sencillamente un arma. Y lo comprendieron con extraordinaria rapidez.

Aquí la Demeure du Chaos encuentra una vez más su función de sismógrafo. Trabajo con la imagen desde los años 1980. Conocí la imagen de síntesis cuando unos segundos de cálculo costaban una fortuna. Vi aparecer Internet. La compresión. El vídeo digital. Las redes. Sabía qué significa fabricar una imagen.

Así que, cuando miraba ciertas producciones de Dáesh, no veía solo su contenido. Miraba cómo estaban hechas. Los ejes. Los planos. El montaje. La luz. El sonido. La repetición. La dramaturgia. La preparación de la difusión. Ya no era el vídeo clandestino y tembloroso que se graba casi por casualidad con un teléfono.

Ciertas secuencias se construían como producciones cinematográficas. Y, por desgracia, la muerte al final no era un efecto especial. De ahí procedía precisamente su fuerza. El espectador reconocía inconscientemente la gramática del cine. Pero sabía que el cuerpo era real.

Dáesh había comprendido que, en una guerra mundial por la atención, la imagen podía conquistar más territorio psicológico que ciertas victorias militares. Una ejecución ocurre en un lugar. El vídeo se ve en cien países. El asesinato mata a una persona. La imagen busca aterrorizar a millones más. Eso es la industrialización del terror.

Hacía mucho que el terrorismo había comprendido la función mediática del atentado. Dáesh iba un paso más allá: se convertía en su propio estudio de producción. Ya no dependía por entero de las televisiones occidentales para convertir el acto en espectáculo. Fabricaba el espectáculo. Lo montaba. Lo traducía. Lo distribuía.

Los medios del mundo entero se veían entonces ante un terrible dilema: mostrar para informar era también participar en parte en la propagación de la imagen concebida por el verdugo. No mostrar era arriesgarse a no documentar lo que ocurría. La cuestión me concierne directamente como artista.

¿Qué hacemos con una imagen fabricada por quien mata?

Reproducirla tal cual puede convertirse en victoria póstuma de su propaganda. Borrarla puede mutilar la memoria. Mi respuesta ha sido siempre: retomarla en otra arquitectura. Darle contexto. Confrontarla. Hacerla dialogar con otras huellas. Quitarle al verdugo el monopolio del pie de imagen.

Eso hace la Demeure du Chaos. El retrato de Al Bagdadi no es un icono. Es un elemento de una red. A su alrededor están Irak. Siria. Saddam Hussein. Las ruinas del Estado iraquí. Las fracturas entre suníes y chiíes. Al Qaeda. Las intervenciones occidentales. Los kurdos. Las potencias regionales. Dicho de otro modo, el rostro vuelve a situarse en su genealogía.

Porque Al Bagdadi no cae del cielo. Dáesh nace dentro de una historia. La destrucción del orden iraquí después de 2003. La marginación y la ira de parte de los suníes. La presencia de antiguos cuadros o militares del régimen baazista en las nuevas configuraciones insurgentes. Al Qaeda en Irak. Abu Musab al Zarqaui. Después, las sucesivas transformaciones de la organización.

Por último la guerra siria, que abre un segundo espacio de desintegración estatal. Irak de un lado. Siria del otro. Y, entre ambos, una frontera que el nuevo califato pretende precisamente abolir. Ahí el gesto adquiere fuerza histórica.

Cuando los hombres de Dáesh destruyen simbólicamente las fronteras entre sus territorios iraquíes y sirios, no se limitan a decir: hemos ganado unos kilómetros. Dicen: el orden político que dividió esta región ya no nos vincula. Ahí reaparece la herida histórica del mundo árabe de la que hablé en nuestro diálogo.

La caída del Imperio otomano. Los mandatos. Las fronteras trazadas por los europeos. Los Estados modernos. Las sucesivas humillaciones. Sería absurdo, naturalmente, sostener que esa historia conduce de manera mecánica a Dáesh. Cientos de millones de musulmanes y árabes viven esa historia sin hacerse yihadistas.

Pero una ideología sabe adueñarse de una herida histórica real y darle una respuesta monstruosa. Eso es precisamente lo que hace el discurso del califato. Dice, en sustancia: los han dividido. Humillado. Dominado. Vamos a abolir estas fronteras y a restaurar una unidad perdida. Es un relato. Y un relato puede movilizar incluso si descansa sobre una reconstrucción mitológica del pasado.

Por eso la palabra «califato» es esencial. Más aún, a mi juicio, que la palabra «emirato». Convoca una memoria política y religiosa mucho más vasta. Pretende volver a conectar el presente con una continuidad histórica interrumpida. Al Bagdadi, pues, no se presenta simplemente como jefe militar. Busca una legitimidad simbólica.

Y ahí la antropología se encuentra con la geopolítica. Para combatir un movimiento no siempre basta con destruir sus vehículos. Hay que comprender la historia que cuenta a aquellos a quienes pretende reclutar. De lo contrario, se mata a los combatientes y se deja intacta la matriz que produce otros.

Dáesh, por su parte, lo había comprendido. No reclutaba solo con una teología. Reclutaba con una estética. La fuerza.

La pertenencia. La aventura. La fraternidad del combate. La sensación de incorporarse a la Historia. Y, para ciertos jóvenes occidentales distanciados de su entorno, la promesa monstruosa de pasar de golpe de una existencia anónima a otra supuestamente heroica. La imagen fabricaba esa proyección.

Por eso pudieron marcharse tantos jóvenes europeos. Y entre ellos, mujeres. Francia descubriría después el terrible problema de los hombres y mujeres que regresaban. Algunas mujeres se habían limitado a acompañarlos. Otras se habían adherido. Algunas habían participado activamente en el sistema. Había que salir de inmediato de categorías sentimentales demasiado cómodas.

¿Víctima?

¿Cómplice?

¿Combatiente?

¿Esposa?

¿Propagandista?

¿Reclutadora?

Cada caso debía examinarse por separado. La justicia y los servicios de inteligencia se encontraban ante situaciones sumamente difíciles. Porque el derrumbe territorial del califato no suprimía lo que las personas habían aprendido, vivido, aceptado o cometido.

Una vez más: destruir el territorio no destruye necesariamente la red. Probablemente sea el mayor error que cabría cometer con Dáesh. El califato territorial fue derrotado. Dáesh no desapareció. Ramas, células, grupos afiliados y legados ideológicos siguieron existiendo en diversas regiones. Porque el modelo era reproducible.

Y ahí recupero, casi a mi pesar, mi viejo vocabulario informático. Un sistema distribuido es más difícil de matar que un sistema centralizado. Al Qaeda ya lo había demostrado. Durante unos años, Dáesh añade a ello una experiencia territorial. Después, al desaparecer el territorio, parte del sistema vuelve a ser red.

Estado cuando puede poseer el territorio. Red cuando debe sobrevivir sin él. Es una mutación de enorme importancia. Y explica por qué una victoria militar, por necesaria que sea, nunca constituye por sí sola el fin de la historia. También quiero ser sumamente prudente con todas las teorías que rodean los apoyos ocultos a Dáesh.

Algunos Estados persiguieron sus intereses. Hubo infiltraciones de servicios de inteligencia. Actores locales llegaron a acuerdos puntuales. Hubo tráficos ilícitos. Algunas potencias consideraron a veces que un adversario de su adversario podía servir por un tiempo a su estrategia. Es el día a día sórdido de las guerras indirectas. Pero me niego a hacer de la complejidad una teoría que pretenda abarcarlo todo.

Una cosa es decir que varias potencias intentaron aprovechar las fuerzas presentes en el terreno. Otra es afirmar sin pruebas que Washington, Moscú, Teherán u otra capital dirigieron en secreto a Al Bagdadi. No cruzo esa línea. Destruiría precisamente la fuerza de nuestro análisis.

La realidad documentada ya es bastante extraordinaria. Un hombre puede aprovechar un vacío creado por varias guerras sin haber sido obra de una sola mano invisible. El caos posee su propia fecundidad. Es incluso uno de los mecanismos que mejor conozco. El caos no es azar absoluto. Es un sistema en el que interactúan tantas fuerzas que ninguna domina por completo el resultado.

Dáesh nació de esa clase de caos. Irak destruido. Siria fracturada. Las humillaciones de los suníes. Las redes yihadistas. Los antiguos militares. La financiación. Las fronteras porosas. Las prisiones. Las ideologías. Internet. Todo confluye. Luego surge algo que acaba por desbordar a varios de los actores que pensaban poder utilizarlo.

Esa es la verdadera lección.

Se puede contribuir a crear las condiciones para un monstruo sin haber concebido al monstruo.

Y luego ese monstruo puede cobrar autonomía. Ahí el retrato de Al Bagdadi adquiere toda su fuerza para mí. Lo pinté porque su rostro tenía que entrar en la memoria de nuestra época.

Pero a su alrededor quería conservar también la bandera. Los signos. Las imágenes. Las ruinas. Siria. Irak. Porque un hombre solo nunca explica un fenómeno de esa magnitud.

El retrato es apenas la puerta.

Detrás de él hay una sociedad de guerra. Una burocracia. Una teología política. Una economía clandestina. Una industria de la imagen. Una red informática. Una memoria de la humillación. Y una capacidad para convertir todas esas cosas en poder.

Por eso Dáesh pertenece tan profundamente a la Demeure du Chaos. Condensa casi todas las cuestiones que recorren mi obra. El poder de los signos. La guerra. La ruina. La red. La religión. La imagen. La tecnología. La barbarie. La burocracia. La memoria. Y esa frontera siempre inestable entre orden y caos.

Porque Dáesh produce algo casi insoportable para el pensamiento: un orden minuciosamente organizado al servicio del caos humano.

Eso es lo que hay que mirar. Los recibos junto a las decapitaciones. Los impuestos junto a las matanzas. Los archivos junto a las ruinas. La alta definición junto al suplicio arcaico. El dron sobre una escena que se habría creído salida de otro milenio.

Así es nuestra época. Es más que moderna. Es capaz de hacer convivir todos los tiempos. Y al inscribir a Al Bagdadi en sus muros, la Demeure du Chaos, naturalmente, no celebraba en absoluto aquel poder. Cumplía su función: registrar el momento en que lo arcaico y lo hipermoderno se encontraron para producir una nueva forma de terror.

Pensamiento y diálogo humanos: Thierry | Redacción: 100 % IA

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