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China: construir la arquitectura del mundo

La Demeure du Chaos, sismógrafo del mundo


Después de Taiwán había que ampliar la escala. La isla concentraba una proporción extraordinaria del poder tecnológico mundial, pero era apenas un nodo de un sistema mucho más vasto. Para comprender a la China del siglo XXI ya no bastaba con mirar su PIB, su ejército, sus exportaciones, sus ciudades o sus compañías tecnológicas. Había que mirar las infraestructuras que construía a su alrededor y, a veces, muy lejos de ella.

Puertos. Líneas ferroviarias. Zonas industriales. Carreteras. Redes energéticas. Cables. Telecomunicaciones. Plataformas logísticas. Acuerdos financieros. Cada uno de esos elementos parecía pertenecer a un ámbito distinto. Sin embargo, vistos en conjunto dibujaban una misma arquitectura. China aspiraba a algo más que participar en el sistema mundial. Intentaba adquirir, poco a poco, la capacidad de actuar dentro de él sin depender por entero de infraestructuras, estándares e instituciones construidos por otros.

Una potencia puede ser rica y seguir siendo dependiente. Puede exportar muchísimo, pero depender de rutas marítimas que no controla, de monedas que no domina, de semiconductores que no sabe producir al nivel más avanzado, de software extranjero, de normas decididas en otra parte.

Así pues, la riqueza todavía no es soberanía.

La soberanía empieza cuando se dominan lo suficiente las condiciones de la propia continuidad.

Encontramos la misma lógica de resiliencia que yo había visto en Ucrania y Taiwán. China la aplicaba a escala continental y quizá mundial. Hay que mirar las Nuevas Rutas de la Seda desde esa perspectiva. El propio nombre es notable. Evoca la historia larga, las caravanas, los intercambios entre Oriente y Occidente, una China situada en el corazón de redes antiguas. La infraestructura contemporánea se dota así de genealogía.

Una vía férrea nueva se presenta como continuación de una ruta secular. Es un gesto tan político como económico. A las grandes potencias les gusta inscribir sus proyectos en un tiempo más profundo que el de un gobierno. Eso produce una impresión de necesidad histórica. El presente se vuelve episodio de una continuidad. Pero detrás del relato hay objetos muy concretos: puertos modernizados, autopistas, ferrocarriles, centrales eléctricas, zonas logísticas.

Las infraestructuras responden, naturalmente, a necesidades económicas reales. Sería caricaturesco reducirlas a una única conspiración estratégica. Hay países que necesitan puertos, electricidad, carreteras. Hay empresas chinas que necesitan mercados. Hay bancos que financian proyectos. Los gobiernos locales negocian según sus propios intereses.

Pero cuando se acumulan suficientes relaciones de ese tipo adquieren

profundidad política. Una infraestructura puede producir una relación

duradera. Una carretera puede construirse en pocos años y utilizarse durante cincuenta. Un puerto modifica los flujos de un país. Una central eléctrica crea una dependencia técnica, financiera, industrial.

Por eso la infraestructura es una de las formas más pacientes del poder.

No siempre exige que se plante una bandera. Organiza las posibilidades.

El poder no es solo la capacidad de prohibir. Es también la de definir los caminos por los que pasan los demás. Durante siglos, los imperios controlaron las rutas comerciales, los estrechos, los puertos. En el siglo XXI eso sigue siendo cierto, pero las rutas han cambiado de naturaleza. Son físicas y digitales al mismo tiempo. Un cable submarino es una ruta. Un sistema de pagos es una ruta. Una nube informática es una ruta. Una norma técnica es una ruta.

Quien define el protocolo determina en parte cómo habrán de circular los demás. Es una forma de poder extraordinariamente discreta porque parece técnica. Pero lo técnico a menudo se vuelve político con el tiempo. Tomemos un estándar de telecomunicaciones. A primera vista se trata de eficiencia, frecuencia, compatibilidad. Pero aquel cuyas empresas poseen las patentes, los equipos y los conocimientos, y que participa en la definición de normas internacionales, adquiere una influencia duradera.

Una vez desplegados millones de aparatos, cambiar de estándar resulta

costoso. La infraestructura crea, pues, un efecto de bloqueo. Es lo que yo había comprendido con las bases de datos y los estándares digitales: cuando suficientes actores adoptan una arquitectura, esta deja de ser una simple opción técnica. Se convierte en entorno. Uno no decide cada mañana utilizar el protocolo. Vive dentro de él.

Quizá sea esa una de las formas más poderosas de soberanía: convertirse en el entorno técnico de los demás.

Esa lógica, desde luego, no es intrínsecamente china. Estados Unidos la ejerció con excepcional potencia durante décadas. Internet, software, sistemas operativos, finanzas mundiales, estándares tecnológicos, plataformas: una parte inmensa de la arquitectura digital y financiera contemporánea está ligada a instituciones o empresas estadounidenses.

Por tanto, el poder de Estados Unidos no reside solo en sus portaaviones. Reside también en la arquitectura invisible del mundo. China lo ha comprendido perfectamente. Precisamente por eso la competencia entre China y Estados Unidos no puede reducirse a una competencia militar. Es una competencia entre arquitecturas.

¿Quién proporcionará las redes? ¿Quién proporcionará los procesadores? ¿Qué moneda se utilizará? ¿Qué satélites? ¿Qué plataformas? ¿Qué normas de ciberseguridad? ¿Qué modelos de inteligencia artificial? Una potencia que perdiera todas esas capas podría conservar un ejército importante y depender, aun así, de un entorno construido por su rival. La lucha por los estándares se convierte, pues, en lucha por la autonomía futura.

Esta idea enlaza directamente con mi historia con Internet. En los años en que construíamos las arquitecturas digitales del Groupe Serveur, para mí estaba claro que las consecuencias de un protocolo nunca son neutras. Elegir entre una arquitectura abierta o cerrada, centralizada o distribuida, propietaria o interoperable, modifica las relaciones de poder. Detrás de una decisión de ingeniería hay a veces una política que nadie ha formulado expresamente. La red construye posibilidades y prohibiciones.

China piensa precisamente a esa escala. No quiere limitarse a producir más objetos: quiere ocupar más capas. Empieza por la industria manufacturera y luego asciende hacia los componentes, la investigación, las normas, las infraestructuras digitales, los satélites, la inteligencia artificial. Este ascenso por la cadena de valor es probablemente una de las transformaciones económicas más importantes de nuestro tiempo.

Durante mucho tiempo, parte de Occidente vio en China el taller del mundo: inmensa capacidad industrial, costes competitivos, integración en las cadenas occidentales. La imagen ya no basta. Un país que fabrica para otros aprende. Forma ingenieros, desarrolla proveedores, cadenas logísticas, universidades, capitales. Poco a poco deja de conformarse con ensamblar la tecnología ajena. Quiere producir la tecnología.

Es una trayectoria casi natural del poder industrial. El error sería creer que un país aceptará indefinidamente una posición subordinada en una cadena de valor si tiene capacidad para salir de ella. China ha invertido masivamente, pues, en sectores considerados estratégicos: telecomunicaciones, vehículos eléctricos, baterías, energía solar, espacio, inteligencia artificial, semiconductores.

Esas decisiones no son exclusivamente industriales. Determinan quién poseerá las infraestructuras de la próxima economía. Una batería, por ejemplo, podría parecer un simple componente de un automóvil eléctrico. Pero también es almacenamiento de energía, gestión de redes, autonomía industrial, acceso a minerales. Detrás de cada tecnología aparece una geología. Litio, cobalto, tierras raras, cobre: el mundo digital y energético descansa sobre una nueva cartografía de los recursos.

A veces hablamos de transición energética como si nos liberara de la geopolítica del petróleo. Sencillamente crea otras dependencias.

Cada tecnología produce su propia geografía de los recursos.

El carbón había construido una geopolítica. El petróleo construyó otra. Los metales críticos, las baterías y los semiconductores construyen una nueva. Vuelve a desmoronarse el sueño de una economía totalmente inmaterial.

Cuanto más digitales nos volvemos, más necesitamos extraer, refinar y transportar materiales físicos muy precisos. La informática no nos saca de la materia. Exige una materia más organizada. Es casi una ley de la evolución técnica: el valor se concentra menos en la masa que en el grado de organización. Un kilo de roca vale poco; unos pocos gramos, transformados, purificados y estructurados, adquieren valor estratégico.

Esta transformación de la materia mediante el conocimiento enlaza profundamente con la alquimia tal como siempre la he concebido. El alquimista no crea ex nihilo. Transforma, purifica, separa, recombina. La industria contemporánea hace lo mismo con extraordinaria precisión. Una planta de baterías, una fábrica de semiconductores, un centro de datos son atanores modernos. Transforman materia y energía en potencia funcional.

China ha comprendido que un Estado que domina esos atanores posee una autonomía mucho más profunda que otro que se limita a comprar sus productos. Eso explica también su presencia en regiones que pueden parecer periféricas cuando solo se miran los grandes mapas militares: África, América Latina, Asia Central. Esos espacios contienen recursos, mercados, puertos, votos en las instituciones internacionales, corredores logísticos.

Una estrategia mundial no puede construirse solo con alianzas militares. También se construye acumulando relaciones económicas. Una vez más, hay que evitar la caricatura. Cada asociación se negocia. Algunos países obtienen infraestructuras que no habrían podido financiar de otro modo. Ciertos proyectos prosperan; otros tropiezan con problemas de deuda, rentabilidad, oposición local o medio ambiente. La realidad es heterogénea. Pero el conjunto produce algo: una presencia.

La presencia es el primer nivel de la influencia. No se puede tener peso duradero en una región donde no se tienen empresas, diplomáticos, inversiones ni conocimiento del terreno. China ha construido esa presencia con paciencia. A menudo ha ofrecido una relación que presenta como menos prescriptiva que la de las potencias occidentales: comercio e infraestructura sin condicionamientos políticos tan explícitos acerca de las instituciones internas.

El enfoque atrajo, naturalmente, a ciertos gobiernos. En otros despertó preguntas acerca de la dependencia o la influencia china. De nuevo se trata de una relación ambivalente. Ningún gran proyecto de poder se percibe del mismo modo entre todos aquellos a quienes afecta. La infraestructura que para unos es una oportunidad puede volverse dependencia para otros.

Un puerto construido como herramienta comercial puede adquirir nuevo valor estratégico si cambia el contexto político. Por eso hay que analizar los objetos en distintas escalas de tiempo. El uso civil presente no agota los posibles usos futuros. Esa dualidad caracteriza hoy a muchas infraestructuras. Un satélite puede ser comercial y proporcionar información de inteligencia. Un puerto civil puede recibir buques militares. Un cable de telecomunicaciones puede transportar datos comerciales y gubernamentales.

La distinción entre lo civil y lo estratégico se difumina. Esa ambigüedad obliga a los Estados a examinar bajo el prisma de la seguridad inversiones que antes habrían considerado puramente económicas. La globalización cambia de naturaleza cuando toda adquisición de una terminal portuaria se vuelve cuestión geopolítica. Pero conviene ser prudente: si toda relación económica con un rival se considera de inmediato una amenaza, el sistema avanza hacia una fragmentación en la que cada cual intenta reconstruir un bloque enteramente autónomo.

La fragmentación tendría un coste económico gigantesco y podría a su vez aumentar las tensiones. Volvemos al dilema permanente entre interdependencia y soberanía. Demasiada dependencia crea vulnerabilidad. Una separación excesiva destruye los mecanismos que dan a cada uno interés en la estabilidad del otro. La paz entre grandes potencias se basa en parte, precisamente, en que una catástrofe del adversario tendría costes para uno mismo.

Por tanto, un desacoplamiento total puede reducir una vulnerabilidad y eliminar a la vez un freno económico al conflicto. Otra causalidad de segundo orden. No hay opciones sin coste. Probablemente una buena estrategia consista en distinguir las dependencias según su carácter crítico. Es exactamente lo que haría un ingeniero de seguridad. No se protege cada archivo como un secreto nuclear. Se identifican los activos críticos.

De igual manera, un Estado tiene que identificar qué dependencias son aceptables y cuáles constituyen un riesgo existencial. Esta idea de clasificación es fundamental. Sin ella, la soberanía se vuelve eslogan. La estrategia exige un inventario: ¿qué energía? ¿Qué medicamentos? ¿Qué procesadores? ¿Qué redes? ¿Qué minerales? ¿En qué plazo podrían sustituirse? Siempre volvemos a la base de datos.

Hay que saber qué poseemos, de qué dependemos, de dónde viene, cuánto tiempo haría falta para reemplazarlo. Casi se podría decir que la soberanía contemporánea empieza por una base de datos relacional bien diseñada. La frase puede parecer provocadora, pero no lo es. Un gobierno incapaz de cartografiar con precisión sus dependencias industriales puede descubrir su vulnerabilidad en plena crisis, cuando corregirla resulta mucho más caro.

Lo hemos visto con las pandemias, la energía y los componentes electrónicos. Parto de un principio: una política no puede ser sólida si la información en que se apoya es falsa o incompleta. Es lo que he defendido toda mi vida. El dato es algo más que materia administrativa. Es estratégico. Por eso Artprice nunca ha sido para mí tan solo un sitio que da precios. Es una arquitectura que permite hacer visible un mercado cuya opacidad daba poder a quienes poseían la información.

Hacer visible algo cambia de inmediato la relación de fuerzas. A escala mundial, los Estados redescubren hoy lo mismo: quien conoce con precisión las cadenas de suministro, las capacidades de producción y las dependencias goza de mayor capacidad de decisión. La inteligencia artificial acelerará, naturalmente, esa cartografía. Puede analizar millones de flujos comerciales, patentes, imágenes de satélite, publicaciones científicas. Puede ayudar a detectar a un proveedor crítico que nadie había identificado como tal.

Así pues, la geopolítica se vuelve cada vez más una ciencia de datos. Pero también aquí el riesgo es inmenso. Advertir una correlación comercial no significa comprender automáticamente la relación política. Una empresa puede importar un componente chino y disponer de varias alternativas. Otra puede importar una cantidad pequeña, pero depender de un saber hacer insustituible. El dato en bruto no basta. Hay que situarlo en su contexto. Esa es la diferencia entre inteligencia e inventario.

China tiene a su vez esa obsesión por la información. Un Estado de semejante tamaño no puede planificar sin datos masivos. La digitalización de la sociedad china ha generado capacidades considerables de administración, pago, comercio y vigilancia. Nuestra mirada occidental tiende a concentrarse aquí en la dimensión de control político, que es real y merece examen, pero también hay que comprender la eficacia administrativa que pueden producir los datos.

Un mismo sistema técnico puede facilitar la vida cotidiana y aumentar la capacidad de vigilancia del Estado. Otra vez esa ambivalencia. El pago digital puede resultar tremendamente práctico y dejar un rastro completo. La cámara inteligente puede agilizar el tránsito por una ciudad y vigilar a una población. Nunca considero que la tecnología sea neutra en sus efectos, porque su arquitectura determina quién puede ver qué.

Es una cuestión política fundamental para todas las sociedades, no solo para China. Las propias democracias concentran volúmenes gigantescos de datos privados en manos de empresas. La diferencia reside en las instituciones, el derecho, las vías de recurso, la separación de poderes. Por eso la comparación de los modelos digitales debe ir más allá de los eslóganes. La verdadera cuestión es: ¿quién posee los datos, quién puede acceder a ellos, bajo qué control, con qué contrapesos?

Esta es probablemente una de las grandes constituciones invisibles del siglo XXI. Un país puede tener una constitución política y una constitución digital implícita mucho más centralizada.

El usuario pulsa «aceptar» y a veces entrega una cantidad de datos que un Estado autoritario de otro tiempo habría soñado con obtener. Esto demuestra que la vigilancia no procede siempre y únicamente del poder político. Puede proceder del modelo económico.

China, Estados Unidos y Europa desarrollan arquitecturas distintas en ese sentido. Compararlas es apasionante porque revelan filosofías diferentes de la relación entre individuo, mercado y Estado. Europa suele intentar construir soberanía mediante el derecho y la regulación. Estados Unidos ejerce un poder extraordinario a través de sus empresas tecnológicas y la innovación privada. China combina el poder estatal, la industria y las grandes plataformas bajo un control político más directo.

Ninguno de estos modelos permanece inmóvil. Se influyen mutuamente y reaccionan unos ante otros. Esta competencia institucional es tan importante como la militar. ¿Qué modelo producirá más innovación? ¿Más confianza? ¿Más resiliencia? Son preguntas abiertas. Conviene evitar toda profecía determinista. Los modelos pueden mutar.

La propia China ha cambiado profundamente varias veces en unas pocas décadas. Es un error recurrente proyectar la fotografía del presente a treinta años vista. Una potencia es un proceso, no una estatua. Es esa capacidad china de mutación la que me impresiona. El país pasó de una economía en gran medida rural a ser potencia industrial y tecnológica en un período histórico sumamente breve. La escala de la transformación produce vértigo.

Se construyeron ciudades enteras, se desplegaron redes ferroviarias, se incorporaron cientos de millones de personas a la urbanización. Cualesquiera que sean las críticas políticas que merezca el régimen, ignorar esa capacidad para llevar las decisiones a la práctica impediría comprender el poder real del sistema. Una estrategia seria empieza por reconocer las cualidades del adversario o el competidor. Subestimar por desprecio es una de las formas más peligrosas del Blind Spot.

El siglo XX ofrece numerosos ejemplos. A veces preferimos imaginar que el sistema rival se derrumbará porque nos parece contradictorio. Pero un sistema puede contener contradicciones durante mucho tiempo si tiene suficiente capacidad de adaptación. Y también vale lo inverso: una trayectoria de éxito no garantiza que continúe eternamente.

Envejecimiento demográfico, deuda, sector inmobiliario, tensiones sociales, competencia tecnológica, dependencias energéticas: China también tiene sus vulnerabilidades.

Una gran potencia nunca es invencible. Es sencillamente un sistema cuyas fuerzas y debilidades abarcan más. Desconfío de los discursos que anuncian alternativamente el inevitable dominio chino o su inminente derrumbe. Ambos satisfacen deseos narrativos. Ninguno constituye un método. Hay que mirar los indicadores, las estructuras, las capacidades de adaptación. Y, sobre todo, aceptar que hay que actualizar el modelo cuando lo real lo contradice. Probablemente sea la regla más importante de cualquier inteligencia.

A mi juicio, un modelo que ya no puede reconocer que se equivocó corre el riesgo de volverse ideología. Vale para el ser humano y para la IA. Esa capacidad de autocorrección debería estar en el centro de todo sistema cognitivo digno de ese nombre. Enlaza directamente con mi método del Blind Spot: preguntarme cuál es la hipótesis que he dejado de cuestionar. China es una prueba magnífica para esta disciplina porque concentra las proyecciones occidentales.

Fascinación por su eficacia, temor a su autoritarismo, expectativas ante su mercado, inquietud militar, admiración tecnológica, crítica de su situación en materia de derechos humanos: esas miradas se superponen. Cada una contiene una parte de lo real, pero puede cegarnos si se vuelve exclusiva. El análisis ha de aceptar, pues, la contradicción: un país puede ser un socio económico de primer orden y un rival estratégico, fuente de innovación y de riesgo, actor indispensable en la cuestión climática mundial y competidor militar.

El mundo multipolar obliga a superar las categorías morales binarias sin renunciar a emitir juicios. Comprender la complejidad nunca obliga a considerar equivalentes todas las acciones.

Hay que poder condenar una práctica y cooperar en otra cuestión con el mismo actor. La diplomacia es precisamente el arte de gestionar relaciones entre actores que no comparten ni los mismos valores ni los mismos intereses.

Si solo aceptáramos hablar con quienes se parecen a nosotros, la diplomacia sería inútil. Aquí recobra todo su lugar la desescalada. Entre Estados Unidos y China, quizá el mayor peligro no sea que exista competencia. Esa competencia es ya estructural. El peligro sería la incapacidad de definir sus límites. Toda rivalidad necesita reglas implícitas o explícitas.

Durante la Guerra Fría, Washington y Moscú fueron construyendo mecanismos de comunicación, de control de armas y de gestión de crisis precisamente porque habían comprendido el riesgo de destrucción mutua. La rivalidad actual entre China y Estados Unidos cuenta con menos de esa arquitectura acumulada. Y las tecnologías contemporáneas reducen el tiempo de reacción y amplían los ámbitos de confrontación.

Espacio, ciberespacio, mar, IA, semiconductores: se multiplican los incidentes posibles. Hay que construir, pues, canales antes de la crisis. Es casi una regla de ingeniería: el sistema de emergencia debe existir antes del incendio. Nadie diseña la salida de emergencia cuando el edificio ya arde. Sin embargo, a veces los Estados hacen exactamente eso con la diplomacia. Descubren que ya no tienen un canal de confianza justo cuando más lo necesitan.

La confianza no requiere amistad. Exige simplemente saber que el otro responderá y que sus palabras tienen cierta estabilidad. Ese mínimo puede bastar para evitar una interpretación errónea. Creo profundamente en esa ingeniería de la desescalada. No es pacifismo ingenuo ni debilidad. Es arquitectura de seguridad. Un arsenal sin comunicación puede ser más peligroso que uno mayor acompañado de mecanismos de control.

Es una paradoja que nuestro tiempo debe redescubrir. La IA complicará aún más las cosas porque añadirá sistemas cuyo funcionamiento puede ser parcialmente opaco incluso para quienes los despliegan. Imaginemos dos potencias que emplean herramientas algorítmicas para detectar conductas hostiles. Cada modelo puede clasificar de manera distinta el mismo movimiento militar.

Cada Estado recibe entonces una alerta producida por una máquina entrenada con sus propios datos y doctrinas. Los sesgos se vuelven geopolíticos. Una IA estadounidense y una IA china podrían observar el mismo mundo y producir dos realidades operativas distintas. He ahí un problema inmenso. Hablamos mucho de sesgos algorítmicos en decisiones sobre individuos. También hay que pensar los sesgos estratégicos.

Un modelo militar entrenado principalmente con datos históricos en los que ciertas conductas precedieron a un ataque puede sobreinterpretar señales parecidas en otro contexto. Ahí radica el peligro de la analogía automatizada. El sistema reconoce un patrón y supone una causalidad. Por eso, probablemente, una IA militar debería diseñarse para producir, junto a una hipótesis principal, escenarios alternativos y razones por las que podría estar equivocada.

Yo propondría que se volviera tanto máquina de dudar como máquina de recomendar. Es casi lo opuesto al modo en que hoy vendemos la tecnología. Valoramos la certeza, la precisión, la respuesta inmediata. Sin embargo, en ciertos ámbitos la mejor inteligencia es la que sabe decir: no sé lo suficiente. Esa frase es una fuerza, no una debilidad. El mundo político tendrá que aprenderla.

La propia China invierte masivamente en IA porque comprende su capacidad de multiplicar el poder. Pero, de nuevo, la competencia no se limita a los modelos. Se juega en toda la pila tecnológica: energía, centros de datos, procesadores, investigación, datos, talento. Esa palabra, pila, es interesante. Los informáticos hablan de stack para describir las distintas capas de un sistema.

Creo que el poder contemporáneo funciona exactamente así. Existe una stack geopolítica. En la base: materia, energía, recursos. Después, infraestructuras físicas, fábricas, redes. Luego, semiconductores y sistemas informáticos. Después, software y modelos de IA. Luego, instituciones, empresas y administraciones que saben usarlos. Por último, doctrinas y decisiones políticas.

Una potencia que domine solo la cima sin controlar lo suficiente las capas inferiores puede ser vulnerable. A la inversa, poseer minas y fábricas sin capacidad intelectual o institucional no produce dominio automáticamente. El poder es vertical. Nace de la integración de toda la stack. China trabaja precisamente para reducir las lagunas de su propia pila.

Estados Unidos intenta preservar los eslabones en los que dispone de una ventaja excepcional. Europa todavía parece preguntarse a veces qué lugar quiere ocupar entre esas dos arquitecturas. Probablemente sea una de las grandes preguntas de la política europea: ¿aspiramos únicamente a ser un mercado regulado o queremos disponer también de las infraestructuras que sustenten nuestra soberanía tecnológica? El derecho es una fuerza, pero no puede suplir por entero a la industria.

Una norma europea puede influir en el mundo si el mercado europeo tiene suficiente peso. Es lo que a veces se llama poder regulador. Pero una norma sobre una tecnología que ya no sabemos producir tiene un punto débil. Podemos regular el uso de una infraestructura extranjera, pero seguimos dependiendo de quien nos la suministra. De ahí que la soberanía jurídica y la industrial deban ir de la mano.

También aquí reconozco mi propia experiencia. El derecho sui géneris sobre las bases de datos en Europa tenía un valor inmenso, pues permitía proteger la inversión en información. Pero de nada habría servido ese derecho si no hubiéramos construido efectivamente las bases. La protección jurídica no crea el activo. Protege lo que existe.

Ese es el problema de Europa ante la IA: elaborar normas es necesario,

pero también lo es crear empresas y modelos, construir centros de datos y fabricar chips. De otro modo, corremos el riesgo de convertirnos en excelentes juristas de la innovación ajena. La idea me parece importante porque permite salir del falso debate entre regulación e innovación. Hacen falta ambas.

La norma debe proteger a las personas e inspirar confianza; la industria, dar capacidad de acción. Una civilización que solo regula puede acabar siendo dependiente. Una civilización que no impone límite alguno puede volverse peligrosa para sí misma. La dificultad está en el equilibrio. Probablemente sea el núcleo de toda política tecnológica madura.

China, por su parte, ha optado a veces por otra prioridad: acelerar la industrialización a gran escala y retomar después el control cuando determinados actores privados adquieren demasiado poder o cuando el Estado considera que un sector amenaza sus objetivos. Surge así una relación particular entre innovación y autoridad política. Puede permitir movilizar recursos rápidamente, pero también crear incertidumbre entre empresarios e inversores.

Cada modelo tiene sus puntos fuertes y sus costes. No hay sistema institucional sin trade-off. Casi convendría conservar esa palabra inglesa por lo precisa que es: ganar en una dirección suele tener un coste en otra. Una mayor centralización puede aumentar la capacidad de ejecución y reducir la diversidad de las decisiones. Una mayor descentralización puede favorecer la innovación y hacer más lenta la coordinación.

La inteligencia consiste en saber cuándo una ventaja se convierte en un inconveniente. Vale para un Estado, para una empresa y para una IA. Por eso China me plantea, más que una respuesta, una pregunta permanente: ¿hasta dónde puede un sistema fuertemente centralizado conservar la flexibilidad que requiere la innovación? Y, a la inversa, ¿hasta dónde pueden las democracias liberales conservar la capacidad de tomar decisiones estratégicas en sistemas donde el poder y los intereses están dispersos?

Nadie tiene asegurada de antemano la victoria en esa competición. La decidirá la capacidad de adaptación. Una vez más: solo los mutantes sobreviven. Pero la mutación china repercute también en el resto del mundo. Cuando la primera o la segunda potencia económica mundial decide invertir a gran escala en una tecnología, cambian los precios, la capacidad de producción y los estándares mundiales.

Los vehículos eléctricos son un ejemplo elocuente. El auge de los fabricantes chinos transforma la industria automovilística mundial, obliga a los fabricantes tradicionales a acelerar y lleva a los gobiernos a replantearse los aranceles, las subvenciones y la dependencia en materia de baterías. La competencia tecnológica se convierte, pues, de inmediato, en política industrial. Ya no hay una separación clara entre mercado y seguridad nacional.

Cada país empieza a subvencionar sus industrias críticas, controlar determinadas inversiones e imponer restricciones. Casi volvemos a una forma de mercantilismo tecnológico, aunque con cadenas globales mucho más complejas. De esa contradicción nace una época singular: todos quieren a la vez globalización cuando permite abaratar costes, y soberanía cuando deja al descubierto las dependencias.

Los gobiernos tendrán que elegir a cada paso. Probablemente no haya un único gran desacoplamiento, sino una reorganización distinta en cada sector. Los bienes de uso corriente podrán seguir sujetos a la globalización. Las tecnologías críticas se someterán a mayores controles. Surgirá un mapa económico con distintos grados de confianza. La red mundial podría fragmentarse en zonas interoperables pero políticamente diferenciadas.

La propia Internet puede seguir ese camino. Durante mucho tiempo hablamos de una sola red mundial. Ya hoy las diferencias de regulación, censura, estándares e infraestructura hacen que la experiencia varíe de un país a otro. La red podría volverse menos universal. Es una cuestión que me toca de cerca, porque mi visión inicial de Internet se fundaba, en gran medida, en su capacidad para cruzar fronteras.

La fragmentación de la red es, pues, una mutación histórica. Una Internet dividida en bloques políticos perdería parte de esa universalidad, y quizá ya estemos construyéndola. Cortafuegos nacionales, normas sobre dónde deben almacenarse los datos, restricciones a aplicaciones, soberanía en la nube: cada medida puede justificarse por separado, pero, al sumarse, dibujan fronteras digitales.

Volvemos a la misma idea: una frontera puede aparecer, a posteriori, como resultado de cientos de decisiones técnicas. No es necesario que un día alguien decida dividir Internet en bloques. Y, sin embargo, el sistema termina fragmentado. Así se producen muchas transformaciones históricas. No siempre se anuncian. Resultan de una acumulación.

Algo parecido ocurre en la propia Demeure du Chaos. Ninguna de sus obras, tomada aisladamente, basta para dar forma al conjunto. Son la acumulación, la repetición y la relación entre gestos las que acaban por crear un mundo. China también construye un mundo acumulando infraestructuras. La palabra «mundo» importa. Toda gran potencia propone implícitamente una manera de organizar las relaciones.

Después de 1945, Estados Unidos propuso una arquitectura basada en instituciones internacionales, en el dólar, en alianzas y en mercados relativamente abiertos, aunque, por supuesto, la práctica nunca se ajustó del todo al ideal. China aún no ha construido un sistema mundial enteramente alternativo, y puede que ni siquiera pretenda sustituir a todas las instituciones existentes. Lo que sí hace es crear opciones.

Nuevas instituciones financieras, acuerdos, infraestructuras, comercio en monedas alternativas, cooperación Sur-Sur: crear una opción es ya una forma de poder. Un Estado gana autonomía cuando cuenta con varios proveedores, distintas fuentes de financiación y diversos socios. China amplía así el margen de maniobra de ciertos países al ofrecerles una relación adicional. Con ello se reduce, por fuerza, el monopolio de la influencia occidental.

Es probablemente una de las transformaciones más importantes del mundo multipolar. Países antes obligados a elegir entre un repertorio relativamente escaso de opciones pueden hoy negociar con diversas potencias. La competencia puede darles mayor autonomía. También puede crear dependencias nuevas. En todo caso, cambia la relación.

El Sur global deja entonces de parecer un bloque y se revela como un conjunto de Estados capaces de maniobrar entre varios centros de poder. Occidente suele cometer el error de preguntar: ¿están con nosotros o con China? Muchos responden implícitamente: con nosotros mismos. Pueden comprar armas a un país, construir un puerto con otro y comerciar con un tercero. Esa es precisamente la lógica multipolar.

El alineamiento pasa a ser parcial. De nuevo, se acaban los bloques nítidamente definidos. Reaparece el grafo. La India ofrece un ejemplo fascinante: es socia de Estados Unidos en ciertas estructuras del Indopacífico, mantiene una relación histórica con Rusia, compite con China y sigue una política de autonomía estratégica. Sería absurdo pretender encasillarla en un solo bando. El siglo XXI estará lleno de estas potencias bisagra.

Indonesia, Turquía, Arabia Saudí, Brasil, Sudáfrica: cada uno de esos países procurará, muy probablemente, ampliar al máximo su margen de maniobra. El sistema se vuelve menos jerárquico, aunque quizá más inestable. Cuantos más centros independientes de decisión existen, mayor es el número de relaciones posibles. En términos matemáticos, la complejidad de la red aumenta a gran velocidad. Aquí es donde la IA puede llegar a ser casi imprescindible para el análisis.

La mente humana puede seguir unas cuantas relaciones importantes. Resulta mucho más difícil tener presentes a la vez cientos de dependencias económicas, militares y tecnológicas. La IA puede ayudar a cartografiar esa complejidad. Pero nunca deberá convertir el grafo en un destino. Una sólida relación económica no crea por sí sola una alianza. El voto de un país en las Naciones Unidas puede variar según el asunto sometido a votación.

El mundo multipolar exige, por tanto, una inteligencia atenta al contexto. Eso es precisamente lo que les falta a las clasificaciones rígidas. Creo que la Demeure du Chaos se adelantó a esa multiplicidad: nunca encasilla a un personaje de una vez por todas. Un retrato puede estar junto a varios signos contradictorios. Una figura política puede ser aliada en un terreno, adversaria en otro y socia comercial en un tercero.

El muro acoge esa contradicción mucho mejor que un cuadro de dos columnas. Probablemente sea esa la fuerza del arte frente a los modelos demasiado pulcros: puede dejar que coexistan las contradicciones sin resolverlas de manera artificial. La realidad necesita ese espacio. La propia China está llena de contradicciones así: economía de mercado y control del Partido, globalización y soberanía, apertura comercial y protección de los sectores estratégicos, nacionalismo y dependencia del comercio mundial.

Ninguno de esos pares se anula. Sus elementos coexisten. La cuestión estratégica es cuánto tiempo puede el sistema sostener esa tensión y cómo la transforma. En eso consiste una potencia viva: una tensión organizada. Caos nunca significa ausencia de estructura. Significa una pluralidad de fuerzas cuya estabilidad nace de la relación que guardan entre sí.

También aquí vuelvo a la Demeure du Chaos. Vista desde fuera, a algunos les parece una contradicción: la sede mundial de una empresa de datos dentro de una Obra de Arte Total posapocalíptica. Para mí, es precisamente esa contradicción la que da coherencia al conjunto. Centro de datos y herrumbre, inteligencia artificial y alquimia, Mercado del Arte y vanitas.

En la China contemporánea también se dan esos choques entre épocas: templos y megalópolis, marxismo y multimillonarios, vigilancia digital y comercio mundial, tradición confuciana e ingeniería cuántica. Las grandes civilizaciones nunca sustituyen por entero sus estratos más antiguos. Los reconfiguran. Esa profundidad histórica ayuda, además, a entender por qué China ve en sí misma, más que una potencia emergente, una potencia que regresa.

El relato occidental habla a menudo del «ascenso de China». El relato chino puede ser el de una recuperación tras un período histórico de debilidad. Ese cambio de perspectiva es fundamental. Una potencia que considera estar volviendo al lugar que le corresponde no vive su crecimiento como una ambición agresiva, sino como una rectificación de la historia. Eso puede hacer más difíciles ciertas concesiones, pues se perciben como una vuelta a humillaciones pasadas.

De ahí, precisamente, el valor estratégico de la memoria. Una negociación nunca enfrenta tan solo intereses del presente. A veces enfrenta relatos que tienen siglos de antigüedad. Quienes los ignoran pueden provocar reacciones que no llegarán a entender. Es la misma lección que nos dan Rusia, Irán u Oriente Próximo. La modernidad nunca borra la memoria. Le da instrumentos nuevos.

China utiliza hoy las tecnologías más modernas para perseguir objetivos que pueden expresarse en un lenguaje histórico antiquísimo: unidad, soberanía, renacimiento nacional. Esa superposición me parece un rasgo distintivo del mundo contemporáneo. Dáesh utilizaba Twitter en nombre de un califato imaginario. China incorpora la IA a su relato de renacimiento de una civilización. Estados Unidos moviliza a Silicon Valley dentro de una tradición política que se remonta al siglo XVIII.

El futuro tecnológico está siempre habitado por mitos antiguos. Por eso un ingeniero no puede entender por sí solo la tecnología. Hacen falta también el historiador, el sociólogo, el filósofo. Un modelo de IA jamás llega a un espacio vacío. Entra en una sociedad, en un ordenamiento jurídico, en un imaginario. Una misma tecnología dará lugar a instituciones diferentes según la civilización.

Quizá sea uno de los grandes errores de la globalización digital: creer que la tecnología uniformaría automáticamente a las sociedades. Uniforma ciertas herramientas y, al mismo tiempo, puede acentuar las diferencias políticas en su utilización. El teléfono inteligente es prácticamente el mismo objeto en todas partes; lo que un Estado puede hacer con sus datos cambia de manera radical. El procesador es universal; la regla que rige su uso, no.

Por eso tiene tanta importancia la batalla por los estándares. El estándar técnico puede ser mundial mientras divergen los marcos jurídicos. Quizá entremos en un mundo en el que las máquinas se comuniquen perfectamente entre sí mientras los sistemas políticos que las rodean se diferencian cada vez más. Es una paradoja fascinante. Cuanto más conecta la técnica, más puede la política empeñarse en reafirmar las fronteras.

La red mundial genera integración y soberanía al mismo tiempo. China encarna esa dialéctica. Se ha beneficiado de la globalización como pocos Estados antes que ella y ahora emplea los recursos acumulados para reducir algunas de las dependencias nacidas de esa misma globalización. No es una contradicción accidental. Es una estrategia para ganar autonomía.

A toda potencia le llega el día en que intenta convertir la dependencia que le permitió crecer en la autonomía que le permitirá perdurar. El propio Estados Unidos siguió históricamente esa trayectoria con respecto a Europa. El principio no tiene, pues, nada de excepcional. Lo excepcional en China es la escala y la velocidad. Esa transformación plantea de lleno la cuestión del próximo orden mundial.

Si coexisten varias arquitecturas tecnológicas, financieras y militares, ¿serán lo bastante interoperables para evitar la fragmentación total? ¿Pueden existir varios centros de poder en un único sistema mundial? La historia responde a veces que sí, incluso durante largos períodos, y otras veces que no. El problema no es la multipolaridad en sí. Es la falta de reglas que todos los polos reconozcan.

Una red distribuida puede ser extraordinariamente resiliente si sus protocolos son comunes. Sin protocolos, se convierte en un caos de sistemas incompatibles, incapaces de comunicarse. El ejemplo más claro es el clima: China y Estados Unidos pueden ser rivales estratégicos, pero no hay política climática mundial posible sin ellos. Un virus no tiene en cuenta las alianzas militares. El calentamiento no obedece a las sanciones. Hay amenazas que siguen siendo universales.

El siglo XXI tendrá, pues, que inventar maneras de competir y cooperar al mismo tiempo. La idea solo resulta contradictoria si seguimos imaginando un mundo dividido en dos bandos. En un grafo, dos nodos pueden mantener varias relaciones distintas. Es algo que debemos aprender a hacer en política: cooperar en materia climática, competir en la IA, negociar en el comercio y disuadirnos mutuamente en el terreno militar.

La relación adquiere muchas dimensiones. Es más difícil explicársela al público que narrar una guerra fría, pero se parece mucho más a la realidad. El lenguaje político tendrá que ganar en complejidad. Es probablemente uno de los mayores retos de la democracia. Las sociedades quieren relatos sencillos (amigo o enemigo), mientras que la estrategia suele exigir que seamos competidor, socio o adversario según el terreno.

Esa ambigüedad es una forma de precisión, no de debilidad. Es justamente la precisión que busco en toda esta parte del libro: negarme a aceptar bloques ficticios. Irán no es el chiismo. Dáesh no es el islam. China no es una entidad homogénea. Estados Unidos no responde a una sola voluntad. En cada sistema conviven instituciones, empresas, facciones e intereses.

Una gran potencia es, a su vez, un grafo.

El Partido Comunista Chino ocupa un lugar central, pero debe gobernar provincias, empresas, ejército, población y economía. Washington tiene una arquitectura distinta: el Congreso, la Casa Blanca, los estados, las empresas, los tribunales, la opinión pública. Para comparar ambos sistemas es necesario entender sus distintas maneras de coordinarse.

En China, una decisión puede ejecutarse con rapidez cuando el poder central le da prioridad. En Estados Unidos, una decisión puede impugnarse, sufrir demoras, pero esa dispersión del poder puede generar también más innovación independiente. Volvemos al trade-off. Ninguna estructura resulta óptima en todas las circunstancias. La guerra favorece determinadas arquitecturas; la innovación, otras. El reto está en poder cambiar el modo de funcionamiento sin perder la identidad.

Esa es la definición de resiliencia, y con ella vuelvo de nuevo a la mutación. Creo que toda esta parte geopolítica converge en esa palabra. Los imperios no mueren simplemente porque se hayan debilitado; a menudo mueren porque ya no pueden transformar sus instituciones tan deprisa como cambia el mundo que los rodea. China muta. Estados Unidos muta. Europa debe mutar.

Con la IA, la necesidad de mutar se hace sentir cada vez más deprisa. El mundo que viene probablemente no conceda mucho tiempo a los sistemas rígidos. Ahí es donde la Obra de Arte Total se convierte casi en un modelo conceptual. La Demeure du Chaos nunca está acabada. Conserva su estructura en un cambio continuo. Absorbe los acontecimientos sin perder su identidad. A esa propiedad la llamo permanencia mutante.

Una institución del siglo XXI probablemente tendrá que funcionar así: con

un núcleo doctrinal estable y formas lo bastante flexibles para mutar. En

una democracia, el núcleo puede ser el Estado de derecho, la dignidad, el control del poder; las formas administrativas y tecnológicas pueden cambiar. En una empresa, el núcleo puede ser su misión, mientras evolucionan las herramientas. En un Estado, la soberanía y las instituciones deben sobrevivir a la renovación de sus infraestructuras.

China construye hoy su propio modelo de permanencia mutante. Queda por ver hasta dónde puede llegar. Y detrás de esa pregunta asoma otra más amplia: ¿podemos construir una arquitectura mundial en la que coexistan distintas formas de poder sin pretender destruirse unas a otras? Probablemente sea la gran cuestión geopolítica de la era de la inteligencia artificial.

Porque la IA añade otra dimensión: podría ampliar considerablemente la brecha de poder entre los sistemas que la dominan y los demás. Una potencia que disponga de mejores modelos, más energía, más datos, más robots y mayor capacidad industrial podría acelerar su propio desarrollo. Quizá estemos entrando en ciclos de retroalimentación positiva en los que la ventaja tecnológica proporcione más medios para incrementar esa misma ventaja.

Si eso se confirma, la competencia será mucho más intensa. Los Estados procurarán evitar que se traspase cierto umbral de dependencia cognitiva. Es una expresión extraña, pero fundamental: depender de otro para calcular, analizar, traducir, prever, diseñar. Conocimos la dependencia energética; podríamos conocer la dependencia cognitiva.

Un país que utiliza exclusivamente modelos construidos en otro lugar puede acabar delegando parte de su manera de leer el mundo. Aun cuando nadie pretenda manipularlo, el modelo incorpora elecciones de datos, categorías, lenguas, normas.

La soberanía cognitiva se convierte así en una nueva dimensión de la soberanía.

Eso no quiere decir que cada país deba construir su propio modelo gigante. Sería imposible y, muchas veces, innecesario.

Pero sí debe comprender las herramientas de las que depende, poder auditarlas, disponer de alternativas y conservar sus propios corpus y competencias. También en este caso se trata de controlar la dependencia en vez de fantasear con la autarquía. China lo ha entendido. Estados Unidos también. Europa empieza a entenderlo.

Más adelante tendremos que estudiar a fondo esa rivalidad, examinando tanto las infraestructuras materiales como lo que circula por ellas: modelos, datos, capacidad de cálculo, inteligencia artificial. Porque después de la carretera, el puerto, el chip y la red llega la verdadera cuestión: ¿quién produce los sistemas capaces de interpretar todos los datos que recorren esa arquitectura? Ahí empieza una nueva forma de poder.

Un poder que ya no se limita a transportar mercancías o información y que puede empezar a comprender esa información a una escala sobrehumana. Entraremos entonces en lo que considero la mutación estratégica más profunda desde el arma nuclear: no se trata simplemente de la llegada de una herramienta nueva, sino de la aparición de una capacidad cognitiva industrial que puede atravesar la economía, la guerra, la ciencia y la política.

Estados Unidos, China, Europa: a partir de ahora, tres arquitecturas distintas tratarán de definir el lugar de esa inteligencia en sus sociedades. Y detrás de la competencia industrial aparecerá una pregunta mucho más vertiginosa: ¿qué ocurre con la soberanía cuando la propia capacidad de comprender el mundo se convierte en una infraestructura que se puede poseer, alquilar, controlar o perder?

Pensamiento y diálogo humanos: Thierry | Redacción: 100 % IA

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